Los ángeles custodios
es un artículo del profesor Luis M. Puente publicado en GARA el 7 de septiembre de 1999 criticando la conducta fascista de los cipayos de la Ertzaintza amparando la agresión a los derecjos de las mujeres en Hondarribia.
Luis M. Puente * Profesor
El pasado día 4, bajo el título "El ensayo de ayer, algo más tranquilo", GARA ofrecía una información referida al Alarde de Honda- rribia, que deseo matizar y ampliar.
De la lectura del párrafo dedicado al papel de la Ertzaintza se infiere una imagen positiva del cuerpo policial (en resumen, se dice que protegió a la Compañía Jaizkibel y a los reporteros). Sin embargo, la realidad fue muy diferente, pues la verdadera función de la Ertzaintza es rodear a la C.J. para que no desfile por los itinerarios que los tradicionalistas le han prohibido. Es decir, los ertzainas envuelven a la Compañía, para decirle cuando llega ante un tapón: "No pueden seguir adelante". ¿No sorprendió al informador de GARA que los agentes no cumplieran con su deber de despejar las calles para que los ciudadanos y ciudadanas pudieran ejercer su derecho a la libre circulación?
Pero hay más. Tras el tapón del día 2, el viceconsejero de Interior se mostró "indignado" (¡oh, qué sensibilidad!) por el hecho de que la Ertzaintza no hubiese despejado el camino a la C.J. y prometió que no se repetiría al día siguiente, aunque precisó "siempre y cuando la C.J. no invada los itinerarios de las demás compañías, porque éstas tienen prioridad, dado que ya han comunicado a Interior sus recorridos". Aquí estaba la trampa, porque el viceconsejero se puso en contacto con los representantes de los tradicionalistas, y les dio la pista de cómo tenían que hacer el tapón de manera que no se pudiera interponer denuncia contra la Ertzaintza por su pasividad: podían seguir impidiendo el paso, siempre y cuando hubiera entre ellos algunos varones con tambor y txilibito, con el fin de que la Ertzaintza pudiera interpretar que aquello era una compañía, cuyo paso era prioritario.
Así, sucedió que los tradicionalistas colocaron tapones en todas las posibles entradas del casco urbano, cuidando de cumplir con la mencionada condición. De esta forma, el día 3 la Ertzaintza se limitó a advertir a la C.J. que no podía pasar, pues había alcanzado el itinerario de otra compañía. Pero prueba de que el tapón no era una compañía (y hablo para los que no vieron la escena, pues para quien la presenció saltaba a la vista que no lo era) es que, cuando la C.J. dio marcha atrás, el tapón no se movió de su sitio durante una hora, sin avanzar ni un solo paso, lo que evidentemente no hace una compañía que está desfilando. Y se disolvió cuando sus informadores (niños de entre ocho y dieciséis años que, en bicicletas y motos y a veces con teléfono móvil, circulan por el pueblo dando a sus mayores noticias de qué camino sigue la C.J. para que sepan dónde deben concentrarse) dieron cuenta de que la C.J. había concluido su ensayo.
¿Contamos más de la angelical protección de la Ertzaintza? El viceconsejero ha hecho saber a la C.J. que lo que hasta ahora era el Alarde se ha convertido en una manifestación (forma que pretende esquivar la ejecución de la sentencia judicial favorable a las mujeres), para la que los tradicionalistas han solicitado y obtenido el permiso legal (aunque el propio viceconsejero reconocía que sabía que sería discriminatoria, porque no se dejaría participar a las mujeres). En extraña conclusión, el viceconsejero advirtió que, si el día 8 sale a desfilar la C.J. y está formada por más de veinte personas, será considerada una contramanifestación, y la Ertzaintza actuará en consecuencia. Nótese el tamaño de la monstruosidad, porque la C.J. no quiere oponerse a la manifestación-alarde, sino, bien al contrario, integrarse en ella, pues comparte enteramente los objetivos de la misma.
Para acabar, recordemos que el alcalde de Hondarribia forma parte de la Mesa Permanente de la Asamblea de Municipios, a pesar de ser enemigo feroz del derecho de las mujeres a desfilar (derecho, por otra parte, reconocido en dos declaraciones parlamentarias firmadas por su partido), incumplidor de la sentencia judicial y espantavotos de cuantos consideran incompatible su presencia en la mesa con la imagen de libertad que quiere inspirar Lizarra-Garazi. Pues bien, viceconsejero y alcalde pertenecen al PNV, un partido que miente más que firma, que actúa torticeramente cuando lo exigen sus intereses (el PNV, que recogió tan malos resultados electorales en las recientes municipales, barrió en Hondarribia), antiindependentista y fiel sólo a la pela y a la poltrona. Son "nuestros nuevos parientes" (como hace poco se les llamaba en estas páginas), la rémora que nos hemos echado a la espalda para que nos "ayude" a alcanzar una Euskadi libre. ¿Es de reír, o es de llorar, este chiste?
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